Sobre Zohran y la distancia de clase entre los hijos de inmigrantes
Clase, raza y las diferencias invisibles entre quienes pudieron avanzar y quienes aún sostienen desde abajo.
Querida hija o hijo de inmigrantes,
Si sientes una mezcla de alegría, felicidad, euforia y también sentimientos que no logras entender por la victoria de Zohran, no te culpes. Sé lo que puede estar pasando por tu cabeza. Entiendo esa rabia y esa frustración. No eres tú la que no ha podido “hacer nada”. No es tu comunidad, esa con la que quizá ahora sientes rabia, la que no ha sabido “construir”. Déjame decirte algo: nuestras realidades y las de Zohran pueden parecerse, pero no son iguales.
La mayoría de nosotras y nosotros, hijas e hijos de inmigrantes en España, venimos de familias obreras, precarias, de padres y madres que llegaron de países con sistemas educativos hundidos y con vidas durísimas, cargando responsabilidades que no nos tocaban. Sin papeles, sin red, sin descanso. Sin dinero. En una ruleta donde incluso la lengua y la cultura se volvieron piedras.
Algunas terminamos los estudios gracias a las becas, al dinero prestado por familiares o al orgullo tragado que cortaba la garganta cuando en clase pasaban lista y nunca llegaban nuestros libros ni el material escolar. Otras dejaron de estudiar para ayudar a sus familias, para trabajar. O porque no pudieron con ello. Hemos sobrevivido a base de fuerza, no de privilegio.
Por eso no es justo compararnos. En ocasiones anteriores he reflexionado con compañeras activistas e hijas de inmigrantes sobre cómo la poca gente racializada o de origen migrante que hoy ha llegado—y que está en política o en espacios de visibilidad— muchas veces pertenece a contextos económicos más privilegiados, a familias mixtas y/o de personas blancas europeas . Personas que han tenido una figura que podía ofrecerles cierta “seguridad”: alguien que iba al colegio a hablar con los profesores y no era tratada con desprecio por ser mora o racializada, alguien que tenía legitimidad para presentarse donde hiciera falta. A las que le habían dado esa legitimidad.
Que han sostenido sus trayectorias, han abierto puertas o validado en espacios donde a nosotras nos cerraban las ventanas. Y no, no les quita mérito, ni invalida otras cuestiones que hayan vivido pero hay que reconocerlo: nuestras historias no empiezan en el mismo punto.
Porque la diferencia de clase existe, también dentro de las personas migrantes y racializadas, aunque no se hable mucho. Porque hemos sentido el desprecio de quienes “nos representaron” en instituciones y que, cuando los señalamos desde el activismo político de base, nos humillaron. Por eso muchas seguimos en la trinchera, sosteniendo familias, curando heridas y peleando contra un sistema que todavía no nos ve.
Y no es que las familias migrantes no ofrecieran seguridad, sino que la institución y el racismo institucional se la arrebataron, manteniéndolas sistemáticamente en estado de vulnerabilidad. Y eso, las infancias lo sienten.
Algunas vienen de un dolor imposible de describir. El dolor de la pobreza extrema. Del rechazo. De la vulnerabilidad burocrática. Del racismo institucional. De años en los que nos negaban los papeles, las becas, la nacionalidad, los derechos más básicos. Y no solo eso: el derecho a vivir una infancia sin mochilas que pesaran tanto. Crecimos con miedo a una carta de Hacienda o a una cita en Extranjería. Venimos de madres que se desvivían trabajando y de padres que cargaban el peso de familias enteras sin apenas poder respirar. Nos estamos recomponiendo.
Somos hijas de una generación que lo dio todo y a la que este país trató con desprecio. Hijas de los 90 y de los 2000, de las crisis que se llevaron por delante los sueños de nuestros padres, de las deudas, del “ya te llamaremos”, del alquiler sin contrato. De los desahucios. Crecimos escuchando: “¿Cómo no sabes leer esta carta si estás estudiando en el colegio?”, o “el compañero ha sacado mejores notas que tú”. Crecimos en entornos donde desde fuera y también desde dentro se nos exigía lo imposible.


