Lo mínimo aceptable, lo máximo que celebramos.
Cómo interiorizamos el retroceso.
Vivimos un panorama político y social que da absoluta pena. Eso lo vemos, lo comentamos, lo denunciamos. Pero hay algo que pasa más desapercibido: cómo nos afecta todo esto a nosotras mismas.
No hablo de pérdida de derechos o de retrocesos evidentes que denunciamos habitualmente. Hablo de qué estamos interiorizando.
Durante años, el discurso reaccionario ha crecido sin parar. Primero fueron los partidos que “no eran ni de izquierdas ni de derechas” y terminaron repitiendo exactamente lo mismo que la derecha. Luego, la izquierda: se dejó de hablar de racismo, de regularizar a las personas migrantes, de proyectos realmente transformadores… para centrarse en el discurso “hegemónico” que no nos representa a todas, ni molesta tanto. O en algunos casos, incluso en “seguridad”, “vigilancia”, “ocupación”.
Lo hemos visto. Y lo seguimos viendo.
Hubo una época en la que, aunque fueran una o dos, al menos se apostó por figuras políticas racializadas abiertamente antirracistas. Pensábamos: bueno, algo es algo. Hoy, es casi preferible que no hagan mucho ruido. El activismo antirracista desaparecido del mapa institucional y público.
En Catalunya, por ejemplo, con el auge de Aliança Catalana y su obsesión con el islam, la migración y las personas moras, este retroceso está siendo muy evidente.
Algunos y algunas, en vez de reivindicar y proteger la lengua, lo han utilizado como arma contra compañeras migrantes que denuncian el racismo en contexto catalán. Ahí queda el vergonzoso episodio con Esas Latinas y el momento en que ERC Barcelona metió la pata de manera abiertamente racista sin ofrecer ni una sola disculpa.
Hoy he visto un vídeo de “Recuperem Barcelona”, también de Esquerra. Ni una sola persona migrante representando la diversidad de la ciudad. La única mujer negra que sale, es turista. Si es contra el turismo, hay que ser más claras porque “Recuperar Barcelona” parece que significa recuperar la blanquitud.
Se nota el efecto de Aliança Catalana en los discursos de quienes se autodenominan progresistas, igual que Vox marcó la agenda en el Estado. Y no, ese efecto no solo se le ha pegado a Junts —extrema derecha catalana de manual— sino a todos. Está muy de moda señalar desde la izquierda que solo las derechas se han radicalizado. Pues no.
Y se que está de moda aplaudir a Rufián. Me parece un buen político. Pero no puedo quedarme ahí. Me importa la política y por eso quiero reflexionar sobre lo que pasa desapercibido, sobre las meteduras de pata, sobre el conformismo.
No podemos conformarnos.
Me he ido por las ramas, pero es importante entenderlo: los partidos representan a las personas.
Si ellos retroceden, nosotras también lo estamos haciendo.
Estamos normalizando este retroceso.
Nos estamos acostumbrando a lo peor.
Y entonces, ¿qué pasa?
– Idealizamos cualquier gesto mínimo
– Nos conformamos con migajas
– Enaltecemos a quien apenas se aleja un poco del desastre
Y eso, amigas, es el bare minimum.
Y con esta introducción llega mi unpopular opinion sobre lo que se ha vendido como el programa más top y revolucionario de la televisión.
Aviso: no voy a cancelar a nadie. Solo reflexionar. 😇
Enciendes la tele y da pena. Y hace alrededor de un año, un grupo organizado de fachas se quejó porque se rumoreaba que la televisión pública iba a pagar una millonada a Broncano por llevar La Resistencia a TVE. Se incendiaron las redes. Vincularon televisión pública con “sanchismo”.
Y pum: a Broncano se le colocó la corona de progre y revolucionario. Sin comerlo ni beberlo.
El programa se cachondeó del tema de “colocado por Sánchez” . De repente, también coincidió con que se llevó a algunos colectivos o personas concretas a visibilizar su situación… que está bien.
Pero de repente nos vinimos arriba.
Y lo colocamos en alto por migas.
Mientras tanto,

