✊🏽 Empoderadas pero calladas: la revolución con una Coca-Cola en la mano
Feminismo de escaparate, silencio político y el precio de estar sin incomodar.
Este texto no es cómodo. Hay algo que remueve, que nos remueve, y que ya no se puede callar.
Hace unos días hablaba en redes sobre el comunicado que hizo Rosalía tras saberse que el diseñador Miguel Adrover había decidido no vestirla. ¿El motivo? Su silencio ante el genocidio en Palestina.
Miguel Adrover, artista y diseñador vinculado a causas sociales, lleva meses denunciando lo que está ocurriendo en Gaza. Después de mucho tiempo viendo el silencio cómplice de la mayoría de artistas, decidió dar un paso más allá: NO trabajar con quienes callan ante el genocidio. Su negativa a vestir a Rosalía, enviada por correo, ha dado la vuelta al mundo. Y eso, ha hecho tambalear reputaciones.
La respuesta de Rosalía (ahora, claro) fue inmediata: publicó un comunicado asegurando que no pronunciarse en redes no significaba no apoyar a Palestina. Que no había que avergonzarnos ni señalarnos en horizontal, sino a “los de arriba”.
Una artista con millones de seguidores, con un patrimonio millonario, intentando convencernos de que no tiene poder. Como si tuviera el mismo margen de acción que cualquiera de nosotras. Convenciéndonos, de paso, de que nosotras tampoco tenemos ninguno. Como si su silencio no formara parte del espectáculo.
Pausa para deciros que el boicot funciona, que según BDS movement las deudas de Israel se han disparado y sus inversiones han caído. Más info.
No me la imagino diciéndole eso a sus marcas. ¿Os imagináis que le dice a Coca-Cola —marca de la que es imagen, y que forma parte del boicot por financiar el genocidio—: “Colaboro, pero no pongo mi cara porque no tengo poder”?
Claro que no. Para eso sí. Para eso sabe que su influencia es oro. Estas colaboraciones no se cierran por ideología, sino por cientos de miles de euros. Solo hay que ver el mundo influencer: todos con casoplones y vidas que no nos podemos permitir porque la industria del silencio es un mercado muy capitalizable.
Siguen protagonizando campañas publicitarias (boicoteándonos el boicot hehe) mientras Israel sigue dejando miles de víctimas palestinas.
No es que esperemos que las celebridades resuelvan conflictos internacionales.
Es que quienes tienen el megáfono, lo usen. Sobre todo cuando hay vidas humanas en juego. No por heroísmo. Por mínima responsabilidad política.
Pero lo que recibimos es espectáculo, palabras vacías y estética. Ni una sola palabra sobre genocidio.
Frente a las críticas, Roy Galán salió, una vez más, con uno de sus textos emocionales a defender lo indefendible —como ya hizo en su día con Karla Sofía—. En un post, ahora escondido en cuenta privada tras la avalancha de críticas, decía que no podemos exigir a nadie que actúe como lo haríamos nosotras. Que no hay que hacer sentir culpables a quienes no se posicionan. Que no imaginamos lo que debe estar sufriendo Rosalía.
Y es ahí donde está la trampa.
Estos textos emocionantes, escritos desde el privilegio y sin una conciencia antirracista ni anticolonial, no buscan justicia. Buscan limpiar conciencias.
Ser rica y no sentir culpa por no posicionarte. Porque tú también, supuestamente, eres una víctima más.
La incomodidad no es culpa. Es conciencia.
La incomodidad de la que hablamos no viene de fuera, no es impuesta, no es punitiva. La incomodidad que sentimos muchas al ver este silencio no tiene que ver con “hipervigilancia moral” ni con querer construir un relato de buenos y malos.
Tiene que ver con algo más simple: con saber que hay quien PUEDE hablar y no quiere. Y con la certeza de que su silencio no es neutral. Es complicidad.
Porque en contextos de opresión, el silencio es una postura política.
Porque quien tiene una plataforma y no la usa para denunciar, la está usando para blanquear.
Y porque decir “no la juzguéis” es una forma de proteger privilegios que siguen costando vidas.
El sistema nos quiere rentables.
Nos repiten que las mujeres ya han llegado. Por eso parece que cantar letras supuestamente revolucionarias, mientras se silencia un genocidio ya es revolución. Que estamos en portadas, en campañas, platós. Que “hemos roto techos”.
Pero no nos cuentan a qué precio.
Hoy muchas mujeres —y especialmente mujeres blancas— sí, están en muchos espacios Pero solo si dicen lo que toca. Solo si no nombran lo que duele. Solo si su presencia no molesta. Si cuentan chistes superficiales que son la puntua del iceberg de un sistema patriarcal y colonial.
Nos han vendido que estar es suficiente.
Que ya no hace falta gritar.
Que lo hemos conseguido.
Han rebajado tanto la palabra libertad y revolución que ya nos conformamos con esto:
“Tenemos que normalizar estar sin reivindicar”.
¿Perdona?
Esa libertad tuya de estar allí sin decir nada cuesta vidas migrantes, racializadas y del sur global.
No hemos ganado si para estar hay que callar.
No hemos ganado si lo que se celebra es poder vender Coca-Cola mientras masacran a personas marrones y negras.
Poder vender vibradores de Platanomelón como la máxima revolución mientras nuestras hermanas en el sur global están siendo violadas, asesinadas, desplazadas. Por colonos. Por blanquitud armada y legitimada.
La revolución —la de verdad— es elegir el bando de las que no se callan.
Es no disfrazar de empatía lo que en realidad es miedo a perder privilegios.
Es saber que incomodar sigue siendo un acto de amor radical.
Y no, no hablo de los textos vacíos de un hombre blanco privilegiado que pretende hacernos creer que el amor es sentir empatía por Rosalía.
Por Karla Sofía.
O por cualquier persona blanca que, teniendo poder, decide callar mientras nosotras seguimos poniendo el cuerpo.
Porque ya lo tenemos claro con los hombres blancos: no son las víctimas cuando se denuncia el machismo.
Pues esto es exactamente lo mismo.
Y es tener claro que, antes o después, la historia pone a cada silencio en su sitio.
Este texto lo comparto entero, sin cortes. Pero los próximos análisis completos serán solo para quienes entienden que nuestras palabras no son un lujo: son una forma de resistencia.


