Cuando la educación no es tan gratuita.
Y el precio a pagar es caro.
Ha pasado el mes de septiembre y siempre se vuelve a repetir la misma historia.
Una historia que, por desgracia, sigue invisibilizada.
Una carta, una reunión, un correo: “aportación voluntaria”, “cuota de material”, “cuota de libros”, “cuota de AFA”… y un largo etcétera.
Si no pagas, lo notas.
Tu hija se queda fuera de la excursión.
Tu hijo no participa en la actividad.
No se le da agenda. Ni carpeta. Ni libros.
Te llega un recordatorio “amable” del centro.
Aunque la ley dice que la educación obligatoria es gratuita, en la práctica no lo es.
Pagas para que tu hijo o tu hija no se sienta diferente.
Pagas para pertenecer.
Y si no, con mucho dolor, aceptas que no partirá desde la misma línea que el resto.
Resulta que más del 80 % de los colegios concertados cobra cuotas ilegales cada año, disfrazadas de aportaciones voluntarias.
Concertados con plazas públicas, subvenciones públicas y a los que muchas comunidades derivan alumnos para “luchar contra la segregación”.
Brillante idea.
Los públicos no se quedan cortos.
También piden cuotas para libros, material, actividades, etc.
En teoría todas estas cuotas deberían ser voluntarias, pero la realidad es que si no las pagas no tienes libros, ni material ni actividades.
Y resulta que cada comunidad autónoma se lo gestiona a su manera.
En lugar de dotar de fondos directamente a las escuelas e institutos, cada una crea su modelo de “beca” que, evidentemente, deja a mucha gente fuera.
¿No sería más fácil que ese dinero fuera directamente al centro y se repartiera entre todos?
No se trata solo de dinero.
Se trata de lo que implica.
De lo que siente una madre cuando tiene que ir a la dirección a explicar que no puede pagar los 60 € del material escolar.
De lo que siente una niña cuando se queda fuera del grupo porque su familia “no colabora”.
Ahí empieza la exclusión.
En una lista de material.
En un recibo.
Nos hemos encontrado este año con casos de colegios que, además, les acumulan la deuda de un curso a otro: pagar el material de este año, más el del año pasado.
Como si la pobreza fuera una falta moral que hay que compensar a plazos.
Hemos gestionado el material y libros de casi 200 infancias. Y siempre, el mismo problema.
Es que te falta este papel. Es que el vale o lo usas para la lista de material que te pedimos o lo usas para la cuota.
Es que te falta el empadronamiento.
Es que estás en situación irregular.
Es que has llegado a mitad de curso. Es que como no has pagado el AFA no podemos hacer nada.
Y todo esto tiene consecuencias que se ven (por suerte) en los números, aunque detrás de cada cifra haya historias.
En 2024, la tasa de abandono educativo temprano en España se situó en el 13 %, por encima del promedio europeo, que ronda el 9 %.
Pero cuando miramos al alumnado de origen migrante, la cifra se dispara: casi uno de cada tres jóvenes (31 %) deja los estudios antes de tiempo.
No porque no quieran estudiar.
Sino porque el sistema los expulsa poco a poco: con la falta de recursos y con miradas que les dicen “esto no es para ti”.
Cuando te hacen sentir, por todas las vías que no perteneces allí ¿cómo vas a imaginarte un futuro dentro de ella?
La escuela, que debería ser el lugar donde todas partimos del mismo punto, se ha convertido en el primer escenario de desigualdad.
Y esa desigualdad no es neutra: duele, deja marca y muchas veces es la que abre la puerta al acoso.
Pero no se reflexiona sobre esto.
El bullying NO nace de la nada.
Nace en entornos donde se normaliza que haya alumnos “mejores” que otros.
Donde se enseña que pagar da derechos.
Donde la infancia aprende rápido quién pertenece y quién no.
Y si además el centro carece de una mirada antirracista, el daño se multiplica.
Porque sin conciencia antirracista, el sistema no ve.
No ve los insultos por el color de piel, las imitaciones del acento, las risas por el velo o el apellido.
Muchas veces, reproducidas por el mismo profesorado sin formación ni conciencia.
Durante estos meses, he recibido testimonios desgarradores de familias.
Y también de docentes que se sienten impotentes ante la falta de protocolos y de la pasividad de la dirección del centro.
No se ve que el racismo en la escuela también es bullying.
Y no se ve porque no se quiere ver.
Porque para mirar de verdad habría que aceptar que la escuela también discrimina, que también excluye, que también reproduce los prejuicios del mundo adulto.
Sandra Peña no es un caso aislado.
Es el reflejo de un sistema que no protege, que no escucha, que teme más a la polémica que al sufrimiento.
El mismo sistema que permite las cuotas ilegales, que culpa a las familias, que no forma al profesorado en antirracismo y que se lava las manos cuando ocurre una tragedia.
Cada vez que un colegio cobra por enseñar, excluye.
Cada vez que ignora una agresión racista, perpetúa la violencia.
Y cada vez que callamos para no tener problemas, fortalecemos el mismo sistema que hace daño a los más vulnerables.
No es solo cuestión de leyes o protocolos.
También cuestión de conciencia.
De decidir qué tipo de educación queremos: una que cuide o una que clasifique.
Una que enseñe empatía o una que repita los privilegios de siempre.
Porque cada vez que una familia se endeuda para pagar una cuota, cada vez que una niña siente vergüenza por no tener el mismo material, cada vez que una palabra racista se queda sin respuesta, lo que está en juego no es un curso escolar:
es el sentido mismo de la educación.
La educación debería ser el lugar donde nadie quede fuera.
Y tú, escuela: eres la voz de la infancia.
Porque tú estás con ellos la mayor parte del tiempo.
Y tu silencio —o tu valentía— puede cambiarlo todo.



